Justicia

Esto es el óvulo de una mujer. La primera vez que lo vi, cuando me disparó mi padre, me pareció gigantesco, tan grande como un sol, y sin embargo ahora, solo podría mirarlo con la ayuda de un microscopio. No hay óvulos de colores, ni de sabores diferentes, ni de materiales distintos, ni óvulos de mercadillo o de buena marca. Una reina y una pordiosera albergan en su interior exactamente el mismo ...tipo de óvulo. La diferencia si acaso, comienza en el preciso instante del parto. Un bebé asomará su cabeza hacia el entorno aséptico de un quirófano moderno. Otro lo hará bajo los cuarenta grados a la sombra de una chabola infectada de moscas. Ya no son el mismo niño, y sin embargo, sus cuerpos son exactamente idénticos en cuanto a la naturaleza de sus organismos. Mismo número de huesos, mismo color de sangre, mismo llanto... aunque sí existe una diferencia. El Einstein que alberga el niño pobre en su interior, acabará recorriendo las calles como un mendigo mugriento, mientras que el niño rico, por más mediocre que sea, se permitirá sacar a duras penas un título universitario desde el que puede impulsarse hasta la presidencia de un gobierno. Ninguno de los dos comprenderá nunca cómo de dos semillas tan fielmente iguales, pueden surgir dos personas tan radicalmente distintas. Uno querrá cambiar las cosas pero no podrá. El otro podrá cambiar las cosas pero no querrá. La eterna batalla de las actitudes contra las aptitudes. El sol y el óvulo acaban siendo diferentemente lo mismo, qué contradicción. Exactamente la misma luz agrietará la piel de uno y bronceará la piel del otro.

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© 2014 by Josechu Velasco