Analítica

Hoy me han leído los resultados de la analítica. Antes he tenido que esperar interminables minutos, rodeado de toses expatriadas desde al menos once gargantas añejas, encerrado en una salita calenturienta, con dibujos de autopsias de Leonardo Da Vinci decorando las paredes. Me ha dado tiempo a imaginar a todas esas señoras sexagenarias y septuagenarias en su mejor época, cuando las hubiera recorrido con mi lengua exploradora. En alguna de ellas aún se atisban centímetros de sí mismas susceptible de lametazo, aunque pocos, ya digo, puede que milímetros si acaso, o nada. Me gusta la carne antigua porque está más curada, con mucha veta, como de bodega de Cabrales. Entonces se abrió la puerta del pasillo. Pidió la vez una voz cansada de una nueva paciente de edad avanzada- ¿la última por favor?- y desde el fondo de la salita, otra voz, que parecía la del mismísimo Constantino Romero dijo -YO. Pues la verdad, no se porque a todos los enfermos se les ha de llamar pacientes cuando algunos no somos capaces de mantener la calma mental, sometidos a esas largas esperas en busca de buenas noticias. Yo no soy paciente, soy un resignado ciudadano esperando el repaso de una atractiva doctora de cincuenta y pico, con voz de alcaldesa de Valencia. Ella calza unos zapatos de tacón revestidos de piel de dálmata, con unos tacones larguísimos como antenitas de mantis. Solo puedo verla cuando abre la puerta para despedir a un enfermo y recibir a otro. Estoy deseando tenerla cerca para que me diga lo que el destino le depara a mi salud y nos miremos como comunicándonos, cuando en realidad yo lo que tengo es la mente bajo su bata blanca. Mientras tanto me pica la nariz, porque me parece que esos pelillos internos, luchan por detener una invisible enormidad de virus que atiborran la salita. Me da por pensar, lo interesante que sería que cuando la doctora abriese la puerta la próxima vez, estuviéramos todos de pie, bailando sosegadamente, al ritmo de la música de radio80 que colorea un poco el ambiente, incluida esa señora de las muletas y pelo blanco con forma de escarola, que muy probablemente lleve un tanga de encaje fucsia como ropa interior, o eso me creo, que Dios me perdone. Ya me toca. La inteligentísima profesional de atractivo cerebro está leyendo los resultados de mis análisis con atención. Al fin me mira para decirme que tengo unos análisis de diez. Todo perfecto. No debí haber escrito esto ya que, probablemente, mañana a estas horas se haya acabado de un plumazo mi existencia, como le ocurrió al Titanic por hablar de más. Y es que cuando uno dice "gracias a Dios", parece estar desviando la atención de quien quiera que mande más allá de lo racional, y como en la mili, más me valdría hoy haber pasado desapercibido. Rogad por mi alma.

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© 2014 by Josechu Velasco