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© 2014 by Josechu Velasco


 

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  • Chusa Gallego

Mirar la pelea


Cuando uno escorpión y una tarántula están luchando a muerte por la propia supervivencia, podemos entregar nuestra mano para intentar separarlos. Ellos verán los dedos como la mejor opción en la que descargar el veneno que no consiguen inocular en su contrincante. Entonces picarán nuestra inocencia bondadosa e ignorante, pretendiente de una paz imposible.

También puede mirarse la pelea un instante, mientras se aleja uno rápido por el camino con el miedo en el cuerpo. Quedarán allí sus gritos silenciosos, cargados de aguijonazos que se nos tatúan en los recuerdos con forma de fecha histórica en la que, por un segundo, se observó a la violencia en su máximo esplendor.

Imaginemos que se suman además a esa contienda una viuda negra y una avispa africana. Ya son cuatro los contendientes pujando por el poder. Cuatro seres letales, venenosos hasta el alma, pretendiendo la superioridad. En ese caso colmado de curiosidad, compensa detenerse para observar. Tan solo eso. Es inútil intervenir porque sus intereses y el poder de su toxicidad, supera nuestra inteligencia básica. Debemos dejarles luchar y en todo caso apostar. Podemos escribir nuestra apuesta en una papeleta y depositarla en una urna, para que nuestro voto se sume a los de millones de caminantes que deambulan por el camino. Quizás acertemos en nuestra previsión pero no esperemos premio. La suculenta recompensa por la que discuten no tiene nada que ver con nosotros, ni tampoco disponemos de la imaginación que hace falta como para valorar el encanto de semejante ambición. Porque esos cuatro no pelean por nosotros sino por imponerse al otro.

No perdamos tiempo. Da lo mismo que miremos la pelea hasta el final, yo os lo cuento. Gana uno, o lo que es lo mismo, ganan todos. En todo caso, el miedo y la amenaza de su existencia entre nosotros, siempre estarán presentes porque cuando se separen, cada cual cargará con el nutritivo donaire de su ego hasta las proximidades de nuestros hogares. En ese lugar tan cercano se multiplicaran hasta estar preparados para anidarnos, y se cobijaran al amparo de nuestros tejados alimentándose de nuestras migajas, sin detenerse a pensar que somos nosotros quienes, finalmente, permitimos su existencia.

Tened por presente que en cualquier momento, aunque no queramos, estaremos interactuando con los bichos y que ellos, en su insignificancia, se colarán en nuestros hogares para cambiar, con la sinrazón de sus decisiones, nuestro destino y el de nuestras familias.

Porque Dios no creó los aguijones para acariciar.


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