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© 2014 by Josechu Velasco


 

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  • Chusa Gallego

La maldición del "cosas, cosas"


Mi madre, que es una mujer enfermizamente trabajadora y que se mantiene viva debido a esa fiebre, me ha tatuado algunas frases que guardo en la vitrina de mi memoria y que se calcinarán conmigo en el horno crematorio.

"Con las dos manos hijo, con las dos manos", "haz montoncitos hijo ", "estoy viendo que lo tiras", "lo estás haciendo aposta" y la más lapidaria de todas, "hay que hacer cosas hijo, cosas cosas".

Esta última es la que ya es imposible de desobedecer aunque ahora que vivo solo, y como rebeldía, me puedo permitir sacar la bandeja del horno con una mano, barrer arrastrando todo el polvo hasta un enorme y único montón de pelusas o dejar que se me caiga alguna cosa por una falta de atención de apellido aposta...Pero la que como una maldición ha regido mi vida hasta ahora, es ese mandato de las cosas cosas. Por eso tengo tanto hecho.

Y es que, cansado como estaba de tanto trabajar, decidí saltarme en los últimos meses este mandamiento, con fatales consecuencias. El sillón se apoderó de esta espalda y mi cabeza, lejos de volar cual gaviota sobre un mar entero saciante de libertad, se adentró en las profundidades de la naturaleza humana, en los confines del razonamiento, con la osadía del más ambicioso de los espeleólogos.

Esto es nefasto, porque cuando desde la pasividad y la apatía dedicas tu tiempo a estudiar con atención el espíritu humano y pones el microscopio de tu curiosidad sobre el comportamiento de los "inteligentes" del planeta, te das cuenta de que no lo son tanto, ni mucho menos, y que el destino de la humanidad está regido por perturbados avariciosos sin talento verdadero.

Llegas a la espantosa conclusión de que en definitiva, la vida está sobrevalorada. Deduces que solo el descanso eterno puede sacarte de esta molesta realidad que significa existir en un lugar donde lo que no deseas vive y lo que más quieres se muere. Te rebosa la añoranza, la melancolía, la nostalgia, los recuerdos de un pasado que se repite en tu memoria, como el ajo. Vives con el permanente miedo de perder a tus seres queridos y te preguntas cómo sobreviven sonriendo esos longevos ancianos que han perdido prácticamente a toda su compañía...

De modo que desde la apatía, he llegado a tener la sensación de ver cumplida ya mi labor en este mundo y de estar lo suficientemente saciado de amor y de buena vida. Me ha llegado a parecer que solo me quedaba por experimentar el transito al más allá y una lucha interna, como la peor de las batallas entre ideas diferentes, han estado colapsándome sin tregua aprovechando el hueco que dejaba mi desgana. Pero de repente, esta mañana, sin previo aviso, he amanecido vacío de dilemas. Desde el primer minuto estaba acelerado, como si los sueños hubieran dado una vuelta a mi tornillo del ralentí. Entonces me he puesto a hacer cosas, cosas, tan diferentes como limpiar el váter o apilar leña para quemar este invierno en la chimenea, sin dar tregua a los pensamientos.

Ahora estoy escribiendo esto para no detener mi marcha pero tengo una inmensa lista de cosas por hacer. Me someto desde este minuto a esa condenada maldición, bendita sea.


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