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  • Chusa Gallego

Sigo


Os cuento un caso relativo a mi post anterior.

Estaba circulando por la A-3 a exactamente 120 Km/h. Lo sé porque llevo activado el dispositivo regulador de velocidad de crucero y no se mueve, ya sea subida o bajada. Ví que por detrás se aproximaba un vehículo, solo un poquito más rápido, hasta que se puso a mi velocidad, justo detrás, a unos cinco metros. Espero pacientemente a que me rebase. Pero pasan los minutos y no lo hace, de modo que para hacerle entender que no le quiero ahi detrás, reduzco mi velocidad hasta unos cien kilómetros por hora. El sujeto sigue pegado sin adelantarme. De modo que acelero hasta ciento cincuenta y lo alejo de mí. Al cabo de un rato vuelve a suceder la misma escena y repito exactamente lo mismo. Ya me empieza a tocar los cojones, pero le ofrezco de nuevo la oportunidad de que me adelante o se distancie.

La carretera está vacía, así que finalmente me coloco en el carril izquierdo, a 120, esperando que me pase por la derecha. Es posible que no sepa poner los intermitentes y mover el volante para adelantar, pero tampoco me funciona esa estrategia. Así que ahí estamos durante algunos kilómetros, él detrás cinco metros a la derecha y yo en la izquierda, como dos gilipollas.

Entonces aparece un camión de gran tonelaje en el carril derecho y me dispongo a rebasarle. Descubro que el anormal, que tantos kilómetros llevo pegado al culo, sabe mover el volante y cambia de carril. Me sigue tan de cerca, que ya empiezo a despedirme mentalmente de mis familiares en previsión del accidente que ese perturbado está a punto de provocar. No puedo darme la vuelta como haría en la calle y troncharle la cara a puñetazos, porque es imposible.

Comienzo a rebasar el camión y al de atrás no puedo verle ni la matrícula. Está tan cerca que solo veo sus brazos moverse, como quien espanta un insecto. Entonces me pongo a la misma velocidad que el camión, a la altura de su cabina, unos 90 Km/h. El otro detrás, pegado, a la sombra del camión. Así permanecemos largos minutos de intensos kilómetros, yo cargado de una extorsión casi sólida. No comprendo que no deje de intimidarme, porque en la parte posterior de mi vehículo ocupando todo el espacio, está rotulado muy grande y con claridad mi letrero "POR FAVOR, A MI NO ME AMENACES, MANTEN LA DISTANCIA..." Lo pido por favor además, pero el anormal sigue ahí, obstinado, como si no entendiera que ocurre, con la cara de un animal sin recursos mentales.

No es un joven arrogante de los que también me encuentro en carretera y que me ponen muchas veces a prueba. Se trata de un señor de unos 55 años, con cara de ferretero, agente comercial o gerente de pescadería. Ahora todos juntitos viajamos a 90 Km/h en dirección a Valencia. El camión a la derecha y nosotros a su sombra, por la izquierda.

Empiezan a llegar otros coches y se aglutinan detrás del gilipollas. La caravana se engrosa enseguida, como un grupo de células cancerígenas de vacaciones por la corteza terrestre. Somos unos quince coches y yo voy silbando acompañando a Freddy Mercury. Bajo la mirada aterrada del confundido conductor del camión que no entiende lo que pasa, los demás coches empiezan a distanciarse porque la parte principal del letrero "...A MI NO ME AMENACES..." se encuentra a una altura muy visible dada la configuración de mi vehículo de gran volumen. Ya solo me queda detrás el deficiente mental, que sigue arrimado. Como ante todo soy un ciudadano ejemplar y muy respetuoso con la mayoría, solo me resta, después de taponar la circulación como un nódulo de colesterol durante unos diez minutos, acelerar a fondo para desprenderme la garrapata mecánica que amenaza mi salud.

Rebaso al camión y me pongo en el carril derecho, con la determinación clara de que si el sujeto persevera en su conducta, lo tomaré como un claro intento de asesinato y tendré que defenderme eliminándolo yo a él. Pero curiosamente me adelanta despacio, mirando con esa cara que pone un perro cuando está pensando una orden. Es entonces cuando yo paso el dedo índice por mi cuello, de un lado a otro, mirándole yihadísticamente, mientras pronuncio con toda la claridad que me permiten los labios las siguientes palabras; hijo de puta, te voy a matar, me cago en tu puta madre, párate cabrón, párate y hablamos...

Descubrí entonces que el hombre disponía sobradamente de acelerador para perderse por las profundidades de la velocidad. Y le vi alejarse muy rápido, en dirección a otra víctima.

Es fácil concluir, que cuando se dictan en el telediario las cifras de muertos en carretera, niños incluidos, se trata de la actitud descerebrada de este modelo defectuoso de humano a los que incomprensiblemente, se les confiere un arma tan mortal como un Kalashnikov, con licencia y libertad para matar.

#maldición #carretera #historiasreales #reflexiones

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© 2014 by Josechu Velasco