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  • Chusa Gallego

Madres


Cuando al principio de los años sesenta El Corte Inglés abrió las puertas de su primera tienda en el centro de Madrid, mi madre le presentó sus creaciones de gorritos para bebés a Don Ramón Areces, que le atendía tras el mostrador. De ese modo, aquella tienda se inauguró con las estanterías llenas de las combinaciones de colores que salieron de la cabeza de quien por aquel entonces ni siquiera era mi madre, sino una joven emprendedora realmente valiente. Sus diseños se vendían de tal modo, que consiguió durante cincuenta años abrir mercado en infinidad de departamentos de lo que es hoy uno de los mejores grandes almacenes de Europa. Así fabricó para ellos ropa de niños, complementos, moda de pre mamás, gorros y prendas deportivas... y pudo dar a sus seis hijos una educación privilegiada. Con todo, aún no entiendo de dónde sacaba el tiempo y la fortaleza para entre otras cosas, lograr que mis hermanos y yo aprendiéramos hasta a tocar el piano, llevándonos a diario a las clases. Como sabéis, hace algunos años falleció Don Ramón Areces y tomó las riendas del imperio comercial Don Isidoro Álvarez, que era un chaval cuando mi madre mostraba sus muestrarios al fundador de la marca en aquella tiendita. El año pasado falleció Don Isidoro, pero El Corte Inglés sigue vivo, imparable, y la semana pasada, exactamente el martes, mi madre volvió a presentarse en las oficinas de compras de la calle Hermosilla, empujando con la fuerza motriz de ochenta años de voluntariosa fatiga sus nuevos diseños para el departamento de complementos de mujer. En aquellas oficinas no queda nadie, porque aquellos clientes y amigos que le hicieron crecer profesional y empresarialmente o han muerto o están jubilados. La anciana se mueve ahora por esos pasillos que son como de su casa, entre jóvenes compradores que envían wasap desde sus despachos y se mueven a golpe de ratón. Aún así los modelos han gustado, y una vez más, los pedidos vuelven a llenar de nuevo el entusiasmo y la ilusión de una incansable mujer que no conoce la derrota. Si esta nueva generación de compradores, tuviera conocimiento de la historia que arrastran esas piernas fatigadas, que a día de hoy siguen dando servicio a sus clientes, no me cabe duda de que rendirían el merecido homenaje que merece esta madre que, no por ser la mía, merece más elogios que las demás. Aquí en el pueblo conozco otras madres, diferentes, septuagenarias, cuyas manos encalladas cultivan los tomates o recogen los higos que sus hijos disfrutan en la mesa y alimentan a sus nietos. La abnegación de una madre no conoce límites. Solo se detienen cuando gripan, como la tecnología de competición. Por eso digo que todos tenemos madre. Fijaos que lo escribo en presente de indicativo porque, aunque algunas lamentablemente se hayan marchado en su estado físico, se encuentran vivas para siempre en un lugar más cierto que el mismo cielo; el corazón de sus hijos. El otro día la mía, me cogió las manos, y se estremeció del maltrato a las que el trabajo de campo y el artístico las ha sometido, y me decía "!ay las manitas de mi pobre pianista!" Yo espero que en mi mirada se apreciara ese agradecimiento que no pasa por interpretarle una tocata de Bach, sino que gracias a su excelente maternidad, la mejor música es la que suena vía bluetooth entre nuestros corazones.

#historiasreales #reflexiones

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© 2014 by Josechu Velasco